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El celibato como rebelión, soberanía y honra

GranDiosa, eres el altar, no el sacrificio.


“La mujer se realiza cuando reconoce el valor sagrado de su cuerpo y no lo entrega sin amor, conciencia y verdad.”



Bitácora de mi alma: Enero 6 2026


“Respétate lo suficiente como para no entregarte a aquello que debilita tu espíritu.” Seneca


“ Te cubrirán con flores sagradas, te llenarán de honores a ti, procurarán quererte en el alma". La sagrada resurrección, Natalia Doco

En este camino de recuperar la sabiduría femenina arrebatada por el patriarcado, volver a mí y habitar en amor mi cuerpo, reconocerlo como templo, ha sido la rebelión más silenciosa y poderosa.


Quiero dejar claro que no veo al patriarcado como “hombres”. Esto no va de géneros. Aunque parezca increíble, son muchas las mujeres, con sus espíritus dormidos, quienes siguen pariendo humanos llenos de dolor y odio.


El patriarcado es la experiencia humana vivida desde la completa racionalidad, el ego y el poder; la competencia, anulando a la Gran Madre, que es el vientre donde caminamos, la vida, lo sensible. Perseguir el éxito pisando a otros humanos, vivir desconectado del entorno, no respetar ni cuidar la naturaleza, el egoísmo descontrolado, la ilusión de la competencia, la separación de la comunidad; es decir, caminar la vida en cuerpos y mentes colonizados.

Aclaro esto porque hoy, más que nunca, amo al masculino, y el patriarcado no va de géneros… va de conciencia.


En los blogs anteriores les hablé de las bases oscuras de esta sociedad moderna: la pedofilia, la sexualización de la mujer, la polarización de nuestros poderes. Después de servir la medicina de reconexión por más de un año, ya con unas 60 mujeres, puedo reconocer que las mujeres usadas para el placer masculino cargan úteros llenos de rabia y dolor. La mujer infantilizada y en busca de la eterna juventud, la que vive en complacencia de su entorno, lleva con ella un útero inmaduro; y la ira reprimida, con su poder castrado. Mujeres maternando a sus parejas, perpetuando la cancelación de su propio fuego, caminan con úteros dormidos, cansados y mártires, inflamados.

Todas las relaciones son espejos, y de esas historias tengo mucho que contar (tema para otro blog).

Pero la búsqueda de un amor consciente, de un hogar amoroso, el sueño de una familia donde se viva en amor, ha sido el motor de toda esta catarsis de “sanación” que empezó a mis 19 años.


Siempre he sido una persona que pasa largos períodos entre una relación y otra. Amo de manera tan profunda y tan leal que no puedo simplemente terminar una relación y, a las semanas, amar a alguien nuevo. Sanar me lleva tiempo. Cada ruptura me lleva a lugares más profundos de mi ser.

Entre parejas siempre existieron espacios de mínimo dos años antes de volver a abrir mi corazón. Pero esta vez, aun con toda la sabiduría y conciencia, sabía que había un lugar al que debía ir primero. No sabía dónde ni cómo, pero el tiempo me mostró que debía ir al amor: al amor que estaba dentro. Volver a casa, a la tierra prometida, a mi cuerpo.


Después de la noche más oscura, que fue mi matrimonio con un abusador narcisista, empecé por el camino más conocido: cambiar la alimentación, volver a terapia. Pero nada de eso era suficiente. Mi alma me llevó de vuelta a mi útero (pueden leer el blog de mi camino de reconexión uterina).

Cuando empecé a recuperar todo mi poder y entender el portal maravilloso que habita en mi vientre; cómo funciona la energía sexual; cómo el útero es literalmente un vacío que se llena con la energía de los encuentros; cómo se abre cuando es honrado y cómo se contrae cuando no es tratado con amor; cómo recuerda cada vez que fue penetrado sin devoción; cuando me tocó sacar de él la rabia y el dolor; cuando, con hierbas y mucho trabajo, limpié mi cuerpo y mi campo cuántico de todos mis exes y por fin lo llené de amor con cuarzos rosados, me prometí a mí misma no volver a dejar entrar a un hombre que no me amara, me honrara y me adorara como la Diosa creadora que la divinidad encarnó para él.Todo suena muy romántico, pero no sabía en lo que me estaba metiendo.


Lo primero fue entender que el celibato no era solo físico. Aprendí el principio de que en este plano no hay espacios vacíos: todo son moléculas y átomos. Aunque creía que los espacios entre relación y relación habían sido “celibatos”, la verdad es que, aunque no hubiera un hombre en el plano físico, mientras más tiempo pasas con ese “que no fue” en la cabeza, este sigue ocupando un espacio energético.


Así que me permití sentir el luto de las relaciones y los amores que no fueron. Pedí tres días de PTO en los que lo único que hice fue llorar y escribir cartas de despedida, reconocimiento y aprendizaje a cada amor.


En esos tres días lloré tanto, salió de mí tanto dolor, que no podía ni comer ni salir de la cama. Al cuarto día era una persona nueva.


Cuando me sentí lista en pleno camino de reconexión, conocí a alguien. Al explicarle mi decisión de celibato, me ghosteó. Ahí empezó la verdadera prueba: salir a dates con este nuevo nivel de conciencia y cada vez más dueña de mí.


Mientras más limpio estaba mi cuerpo de energías externas, más fácil era verme. ¡Ufff! Qué difícil fue observar a mi ego actuar en cada encuentro. En una ciudad como Miami, que lo sexualiza todo, cuando el hombre no me gustaba demasiado era fácil digerir el rechazo; pero cuando sí me gustaba… ¡ahí cachaba a Maléfica! La observaba con compasión, defendiendo mi herida de rechazo, entrando en la dinámica de “elígeme, soy buena”.


Me vi intentando convencer, explicando mi celibato. Y luego llegó la parte más incómoda: llevar el celibato del cuerpo emocional al cuerpo cuántico. Decidí no salir, no escribir ni aceptar contacto con ningún hombre hasta sanar el masculino dentro de mí. Aprendí a callar, a no dar explicaciones, a construir poco a poco mi propia visión del masculino, a descubrir cómo se siente en mi cuerpo.

Arrancó el 2025, año que dediqué a sanar mi relación con mi padre, con el Padre en los cielos, a reconciliarme con el masculino interno.


Un día apareció un dolor en el hombro izquierdo que me paralizó por dos días. Fue tan intenso que pensé que era un infarto. Fueron semanas muy duras, habitando otra vez un cuerpo inflamado y adolorido. ¿Qué estaba pasando? Pero así es este camino: una continua montaña rusa.

Cuando empecé a sentirme mejor, alguien me recomendó un masaje somático. Durante un masaje, esta persona medicina, sin conocer mi historia, me dijo:“Te duele el lado izquierdo porque el cuerpo guarda lealtad al linaje femenino; el derecho está contraído porque hay que soltar al padre”.


Ese dolor fue un umbral. Pude sentir cada fibra del lado derecho de mi cuerpo descontracturándose; fue liberador. El cuerpo se liberó de las memorias. Repito una vez más: la tierra prometida es nuestro cuerpo.


Para entonces ya había terminado mi certificación de reconexión, estudios de hierbas con mujeres medicina en China y Hawái, y había comprendido que la sabiduría del útero es universal. Aprendí sobre concepción, rituales, sexualidad sagrada, el cuerpo ka, entendiendo que soy un cuerpo humano femenino con un alma andrógina.


Llevé todo ese conocimiento a mi propia práctica. Usé lo aprendido, hice un segundo ciclo de reconexión. Volví a mi sangre y a mi útero, ya sabía el camino. Esta vez lo transité con más amor, reconciliándome con el masculino, y experimentando cosas nuevas. Exploré nuevas hierbas hasta llegar, en diciembre, al matrimonio sagrado: la damiana.


Oh, bendita damiana, que me guiaste por un ciclo lunar al matrimonio interno: un femenino en gozo y un masculino interno honorable, justo, protector, suave y amoroso.


Volví al amor raíz, a honrar a mis padres como portales de vida, a recibir de ellos el amor incondicional, que se veía reflejado en el cambio de mi dinámica aquí y ahora con ellos. Me reconcilié una vez más con este cuerpo que me permite sentir, gozar, comer, bailar y tener orgasmos. Libre de patriarcado, de condicionamientos, de la sexualización de los hombres heridos. Volví a la unión, al Yin y al Yang completos. Recordé que soy semilla lista para germinar y llegué a sentir en todas mis células la verdadera completud: lo soy todo, el femenino y el masculino.


El día de mi ovulación, durante mi camino con la damiana, fui a una fiesta con unas amigas, donde usé mi huevo de cuarzo rosado. Ese día bailé sola, en un placer, en un éxtasis que no había experimentado jamás. Mi entrepierna era un caudal de emociones, de agua sagrada, y allí, bailando en mitad de muchas personas, mi cuerpo se llenaba de gozo sin ser tocada por nadie, solo bailando, en mi compañía, allí, con el matrimonio energético ya viviendo en mi tierra.

El celibato ha sido la decisión más hermosa.

El celibato del cuerpo me devolvió el camino a mí.

El celibato emocional me recordó que el amor soy yo.

El celibato cuántico me recordó que soy un vacío lleno de propósito.


Dármelo todo yo,el placer, el sostén, no ha sido un camino fácil, pero hoy puedo entender la frase: “El gemelo llega cuando el alma está lista”.

No sé si la próxima persona en camino sea el para siempre, no sé cuánto más dure mi celibato, sobre todo hoy en día que disfruto de esta hermosa energía sexual y que, al habitar un cuerpo sin residuos de nadie, las ovulaciones son más ricas en placeres. De lo que sí estoy segura es de que este cuerpo es el altar y no el sacrificio.


Nota: este es un espacio donde hablo de mi propia experiencia. No recomiendo el uso de ninguna planta. Este blog es el resumen de años trabajando mi sistema nervioso y de un año completo (13 lunas) acompañada de todas las hierbas que prepararon el espacio para la damiana. En este camino de vuelta a casa no hay atajos, y tomarte el té porque quieres el resultado puede ser contraproducente. Las hierbas, como toda medicina, pueden ser antídoto y veneno. El camino de reconexión es eso: un camino, y se necesita acompañamiento y guía.


Con amor a la vida, a mi historia, a este cuerpo, a mi padre y a mi madre.


Marijane

🐋🦋 10.23








 
 
 

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